Naufragio.
Mediterráneo occidental. Verano de 1503.
Justo después de cruzar el estrecho, la brisa dio paso a un
tozudo viento que provenía del sureste. Al poco rato, las olas mostraban ya sus
crestas y se alineaban, dirigiéndose en diagonal hacia la costa. Los pasajeros
florentinos aprovecharon para esbozar con gran entusiasmo los movimientos de
remolino de las nubes. Eso sí, hasta que volaron hojas, tinteros y plumas.
Ellos corrieron detrás de los cuadernos que se desparramaban por la cubierta.
Todo el mar de Alborán los empujaba. Fueron necesarios
varios marineros fornidos para amarrar a los tres dibujantes y devolverlos al
castillo de popa. El florentino más joven y menudo fue atrapado justo cuando
colgaba sobre la borda. Hacia el oeste, los nubarrones se cerraron sobre una
muralla de montañas. Detrás el sol se ponía, así que el mundo parecía próximo a
sumergirse. Los florentinos temblaban con las ropas empapadas, encogidos por el
frío.
− ¿Tienes miedo, Salai? − preguntó el florentino de mayor
edad, cubierto con su capucha.
− No – el chico sacudió la cabeza.
Por si acaso, el tercer pasajero, un joven robusto y moreno,
le agarró por el hombro con fuerza. Sin embargo, Salai se sacudió la mano.
Entre golpes de agua, podían adivinar las débiles luces de una ciudad, el ruido
del oleaje estrellándose contra el acantilado, la fuerza interior de la
corriente. El barco no paraba de crujir y estremecerse bajo el temporal, se
notaba asustado. La inclinación de la cubierta ya no permitía realizar
maniobras.
Los cabos sueltos, el velamen rasgado, todo indicaba que la
nave había dejado de estar en poder de los hombres. Una fuerza poderosa lo
impulsaba hacia alguna parte. Los pasajeros corrían peligro. Estaban muy cerca
de las rocas. La tripulación se preguntaba si podrían capear la tempestad. La
decisión se tomó en uno de estos momentos en los que el tiempo parece estirarse
y los hombres actúan con rapidez. Los artistas florentinos, aunque sólo tres,
eran una mercancía demasiado valiosa. Una tela gruesa cayó sobre ellos. El
pintor mayor y sus dos jóvenes compañeros no veían casi nada. Con una cuerda
fue asegurado el fardo triplemente humano.
Los marineros lo depositaron sobre una lancha. La hicieron
descender desde la borda hacia un remolino de espuma. Se oyeron golpes, saltos,
voces, el crujir de las tablas; la lancha se hundía aún más bajo el agua. Hasta
que otros golpes rítmicos, los remos contra el agua, los llevaron lejos del
remolino, lejos del fragor. Ahora se oía un rumor opaco a proa. Las luces de la
costa se habían agrandado, entre las hebras del saco, oscilando de un lado para
otro en sentido horizontal.
− ¿Vamos a morir? − preguntó Salai, con una pizca de
curiosidad.
− No lo sé aún − contestó su amigo experimentado −.
Aguardemos un poco.
Una ola barrió el paquete que albergaba a los tres
florentinos. Los nudos se deshicieron como si fueran miga de pan. El bulto se
sumergió en las aguas profundas, y el líquido penetró en los conductos nasales,
garganta abajo. Descendieron espalda contra espalda, hasta dar con un fondo de
rocas. El pintor se golpeó la cabeza, cosa que le irritaba mucho. Unas
pinceladas oscuras de azul ultramar e índigo trazaron amplios giros y fueron a
diluirse contra la profundidad.
− ¿Lo ves, Salai? No hemos tenido que esperar mucho tiempo –
pensó Leonardo −. Por lo menos todo este panorama está lleno de encanto. El
movimiento del agua está causado por la destrucción del equilibrio. Estas
líneas de fuga se funden bien con el color y las sombras marinas; en conjunto,
forman una atractiva mancha. ¡Espléndido!
Una mano enjuagó las pinceladas añiles, envolvió con ellas
su espalda y la recorrió como si buscara un objeto perdido. Esa mano aflojó las
cuerdas. Leonardo perdió el conocimiento. Quedó dormido sobre una cama de rocas
y anémonas. La barba flotaba, llameando hacia arriba; él podía notar la
cautelosa presencia de los peces, que olisqueaban y mordían la pelambre.
− Bienvenido, señor Leonardo – oyó decir a la figura brumosa
que lo había depositado en el fondo.
− Bienhallado. ¿Puedes devolverme a la superficie?
− No, ahora vendrás conmigo. Abre tu lugar en el cielo entre
las estrellas celestes, porque tú eres la Estrella Solitaria, el compañero de
las noches.
− Por favor, tengo asuntos pendientes – protestó Leonardo −.
Te aseguro que te confundes de persona.
− Ahora caminarás conmigo. Te espera un largo camino. Una
noche larga y llena de obstáculos.
− Por favor, señora, devuélveme al mundo de arriba.
− ¿No te gusta este camino? ¿No te deslumbra su hermosura, a
ti que vives de la belleza?
− Sí, sí. Muchas gracias. Pero necesito volver arriba.
− Todos los que bajan quieren volver, necesitan subir. Mira
más abajo, hacia Osiris, el que gobierna los espíritus, porque estás de pie
lejos de él, y no estás entre ellos y tampoco estarás entre ellos.
− Ya lo sé. Yo tengo un asunto muy importante − dijo
Leonardo −. Es casi urgente.
− Ah, ¿sí?
− Sí, hay un cuadro, veréis, señora… ¿cómo explicarlo? Un
cuadro que podría ser definitivo. Es el retrato de una mujer, una dama que
deslumbra con su encanto. Soy artista y necesito terminarlo, me he
comprometido.
− ¿Y cómo pensabas terminarlo en medio del océano, agitado
por las olas? No veo pinceles por aquí, ni doncellas.
− Ella está en Florencia, donde me espera. Acabé aquí,
llevado por las corrientes. Me embarqué para buscar algunos materiales
imprescindibles. Los necesitaba para mi obra.
− ¡Ah, qué maravilla! Tenemos aquí un pintor, un artista, un
hombre sensible. Muchos seres reunidos en uno.
− Todos somos muchos y uno solo.
− ¡Además, eres filósofo! ¡Qué gran sorpresa! No obstante,
en este momento tocas el abismo. Debes saberlo; aquí los hombres se humedecen,
se oxidan y transitan conmigo hacia un amanecer muy remoto. Aquí acaban todos y
ninguno cree acabada su tarea. Los arquitectos han dejado grandes catedrales
sin alguna de sus torres; los médicos, pacientes que agonizan, o parturientas
que gritan ahogándose en mitad de un pantano de dolor; los abogados, procesos
que han discutido durante años; las madres, hijos que están creciendo y
prometen ser grandes desde su primer llanto; los capitanes, campañas que van a
rectificar el mapa del mundo… Y todos dejan la tierra en mal momento. Así que
no te preocupes, otros continúan el tajo; todo se termina concluyendo, de una
manera u otra.
− No, no es mi caso. No puedo caer otra vez. He dejado
siempre demasiadas cosas sin acabar. Ella es diferente, posee la mirada que
siempre quise pintar, la que entró en mi propia mirada. Quiero rematarla.
Déjame ir.
− Los hombres, los dioses, los bienaventurados y los muertos
caen de rodillas cuando ven a nuestro Osiris, vestido de océano nocturno, con
plumajes de halcón, tocado con la corona blanca.
− ¿Por qué debería hacerlo? ¿He dicho ya que tengo asuntos
pendientes?
− Él, Osiris, ha sido proclamado el más justo, el que ha de
prevalecer sobre sus enemigos en el Cielo Superior, en el Cielo Inferior, junto
al sol que camina y la noche que es navegada, y en el Campo de todos los dioses
y de todas las diosas.
La figura parecía recogerse sobre sí misma, recitando sus
salmos, inmersa en un estado de concentración apenas perceptible.
− Ah, es lejanamente posible, poco probable...
− ¿El qué? – preguntó Leonardo.
− Que puedas serme útil.
− Te pintaré un retrato − prometió Leonardo, intentando
negociar.
− No, no es eso lo que requiero. Ahora mismo, mi objetivo es
diferente.
− ¿Y cuál es?
− ¡Hace tanto tiempo que nadie me lo ha preguntado! Me
gustas, señor Leonardo.
− Me resulta extraño. Tengo muchos defectos.
− En este lugar, tu cuerpo se libera de impurezas.
− Mis orígenes son humildes. Mi linaje es enrevesado como un
sarmiento de vid y está plagado de llagas.
− ¡Oh, no, mi Rey! Tú eres el hijo de un grande. Te has
bañado en este lago, en el océano de la noche, y ya puedes ocupar, junto a mí,
tu asiento en el Campo de Juncos.
− ¿Y si nos centramos un poco, por favor? ¿Podemos volver al
tema del objetivo que persigues, sin subterfugios?
− No lo entenderías. Yo tengo que transitar en la barca de
la noche, derribar a la serpiente perversa y llegar al puerto en el Lago
Celeste, con el corazón alegre al disfrutar de nuevo del amanecer, pues la vida
ha sido renovada− dijo la luz blanca.
− ¿Cómo dices?
− ¿Lo ves? Pero no te preocupes por eso, quiero saber de ti.
No me has explicado todavía qué andas buscando tan lejos de tu tierra. ¿No
tenéis allí yacimientos o almacenes de materiales?
− Por estas costas, según me contaron, existe una piedra que
posee un matiz maravilloso, un color esencial. Con este elemento, todo el fondo
de una pintura brilla, como si se tratara de un horizonte muy claro, lleno de
aire e iluminado por el sol.
− Si quieres conseguir lo que deseas, sea así. Te liberaré
del peso del agua nocturna, pero antes tendrás que cumplir una promesa.
− Haré lo que esté en mi mano − pensó Leonardo; no tenía
muchas más opciones−. Por desgracia, no creo que pueda hacer gran cosa aquí,
ahogado.
− No todavía, en efecto. Pero no te apresures. Esta es mi
propuesta: trae a mi presencia doce ofrendas, que recogerás de la tierra en la
que te encuentras, donde crecen los juncos en apretados ramos. Recogerás estos
doce tributos y los llevarás contigo al norte, cerca del Campo de las Ofrendas,
hasta que yo venga a reclamártelos.
− ¿Qué ofrendas deseas? ¿Puedes ser más concreta? ¿Cómo
sabré qué transportar?
− Tú mismo serás responsable de seleccionar los tributos en
el Campo de Juncos.
− ¿Prefieres plantas, animales o minerales?
− Ellos te elegirán a ti, no tú a ellos. Tú los verás y,
simplemente, sentirás que has de llevarlos contigo. Te considero hábil e
inteligente, hijo predilecto de la genealogía de Osiris, así que te respeto y
te ofrezco la posibilidad de ayudarme.
− Entonces, ¿no hay ninguna condición? – se preguntó
Leonardo.
− Sólo dos. En primer lugar, debes empezar la búsqueda a la
caída del sol. En segundo lugar, una vez conseguidos, pondrás los tributos en
un receptáculo a cubierto de la luz y los ojos ajenos. No podrás desprenderte
de ellos en ninguna ocasión.
− ¿Qué recompensa me darás, siendo yo tan hábil e
inteligente, e hijo predilecto de los dioses?
− ¡La que deseas, señor! ¿No quieres regresar a Milán con la
piedra de lapislázuli en tus manos, ese mineral que esconde la semilla del
color azul en su corazón petrificado?
− ¡Sería estupendo! ¿Cómo has llegado a saber mi deseo? No
recuerdo haber mencionado el nombre del mineral. ¿Y cómo he de entregarte las
ofrendas? ¿Acaso te conozco?
− No preguntes más. La serpiente acecha, barriendo el tiempo
con su cola. Necesitarás una noche para recoger cada uno de los doce elementos.
La figura brumosa, moldeada con frágiles puntos de luz,
algas y plancton, formuló el equivalente a una sonrisa. Leonardo pudo verla un
instante más así, sonriente, su presencia desgajándose en hebras de amor/paz,
su perfil femenino deformado por el aleteo de miles de peces, frente a la
inmensa fosa marina. Al acercarse, Leonardo comprobó que irradiaba calor. Ella,
utilizando su último estertor, empujó al hombre hacia la superficie, junto a
sus dos amigos. Antes de salir del agua, lo aferró de la túnica y puso en su
mano un objeto. Toma esto en señal de nuestro acuerdo, le susurró al oído,
animándole:
− ¡Ojalá que el alma de Osiris se eleve contigo, que parta
en la barca del día, que arribe con la barca de la noche, y que vaya a juntarse
con las Estrellas Infatigables en el cielo!
Subió, subió y luego todavía se elevó un poco más. Para
Leonardo, transcurrió un largo periodo de tiempo de ascensión, más de la
cuenta. Cuando sus alveolos estaban a punto de estallar, logró atrapar una
bocanada de aire. Lo recogieron un puñado de manos y lo sacudieron con fuerza.
Después de recorrer cinco o seis pasos, lo recostaron en la arena, propinándole
fuertes golpes en el pecho. De sus pulmones emergió un líquido verdoso.
Leonardo abrió los ojos. Junto a él, sus amigos se sentaban sobre la arena,
exhaustos y conmocionados. Como él, los dos escupían una mezcla de sal y algas.
− Maestro, faltó poco − farfulló Salai −. ¡Esta vez sí nos
hemos ahogado!
Los marineros que aseguraban la lancha rieron, ya que en ese
momento el agua les llegaba a la altura de las caderas.
− ¿Ahogados? ¡Serían los primeros hombres que se ahogan en
un charco! En esta poza solo hay tres palmos de agua – les informó un gigante
con cintura ovalada de tonel y barba albina.
La lancha había embarrancado al filo de la arena. El resto
de los marineros, menos voluminosos, pretendían trasladarla hacia la parte alta
de la playa, empujándola contra la resistencia de piedras y raíces.
− Gracias, señor, nos habéis salvado de morir – dijo
Leonardo.
− ¡Bah, no! ¡En
absoluto! – respondió el marinero corpulento, ovalado y canoso.
− ¿Cuál es tu nombre?
− Os lo ruego, señores, no le deis mayor importancia a este
incidente. Os hemos recogido del fondo de una playa plana. ¡Sólo ha sido un
revolcón, una ola nada más! Ellos sí pueden morir, si no logran enderezar el
rumbo − contestó el marinero, señalando el Pelícano.
Los tres pasajeros se miraron. Después de haber creído
morir, la posibilidad de que hubieran sufrido un revolcón, por culpa de una ola
atravesada, les resultaba deliciosa.
− ¿Mi nombre? ¿Qué importa eso ahora? Por favor, ahora
debéis dirigiros a la ciudad, que no anda lejos – les dijo el marinero/tonel
con sus canas y su cortesía desplegadas −. Allí os darán cobijo esta noche y
podréis descansar. Nosotros nos ocuparemos de salvar lo que podamos, si es que
algo queda.
Y así presenciaron cómo el Tonel albino, utilizando una
pequeña lancha, remaba de nuevo hacia el oleaje en dirección al barco que se
perdía de vista. Los marineros jóvenes permanecían en la playa, ocupados en
ayudar a los florentinos y organizar el rescate. Hablaban entre ellos apresuradamente. Parecían desconcertados
por la actitud del viejo marinero. A aquella hora, después de pisar tierra, les
resultaba complicado reunir algún golpe de valor para internarse de nuevo en el
mar, tal como rugía.
Leonardo intentó abrir su mano, tan agarrotada
que se resistía a mostrar la palma abierta. Dentro, sostenía un minúsculo
caballito de mar.



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